Ya no eran húmedos ni sinceros.
Ya no manifestaban pasión
siquiera nuestros últimos besos.
Dime, ¿Qué será ahora del amor
que jurábamos sería eterno?
¿Quién de nosotros dos escribió adiós
en las cenizas de nuestro fuego?
Se incrustaran en el corazón
antes de que se la lleve el viento
para inmortalizar bajo el sol
nuestro amor en forma de recuerdo.
Que habrá sido me pregunto yo
de nuestros apasionados besos
si el tiempo los convirtió en fricción
carnal de lo que llamamos miedo,
Y aunque todavía guardo el sabor
de tus labios, ya no soy su dueño.
En realidad no sé la razón,
pero esta noche sin saberlo
algo ha muerto entre nosotros dos.
Nos hemos dado el últimos beso
con tristeza pero sin dolor.
martes, 17 de abril de 2012
EL ÚLTIMO BESO
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Ruben Suárez Valverde
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domingo, 25 de marzo de 2012
La tentación
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sábado, 10 de marzo de 2012
El arcano de la belleza
¡Oh! Díganme eternas insatisfechas,
qué buscan vuestras súplicas desechas,
qué buscan, díganmelo por clemencia,
no puedo estirar más la inteligencia.
¿Buscan por ventura un molde adecuado
de tamaño viril y proporcionado?
¡Oh! Perecerá, no les hará gracia
cuando la mutación se muestre lacia.
No me miren así, no se me ofendan,
no me penalicen ni se desprendan
de la lectura (no me mires así,
es solo que aún no te conozco a ti).
Qué piden vuestras súplicas al cielo,
qué virtud satisfaría vuestro anhelo.
Por no descartar…¿el rango de un nombre?
¡Oh! No pidan mucho, solo soy un hombre.
Qué claman vuestros rezos concordantes,
qué Ser santificado os conmueve antes,
¿Las almas sinceras y detallistas?
No se impugnen, no se pasen de listas,
no las valoran, que así me he ofrecido
y soy pasto sustancial del olvido.
¡Oh! Maldito mito es el del amor,
sumaré otra derrota a mi dolor.
¡Por favor, qué suplica vuestro cántico!
¿busca tal vez el reflejo romántico?
No lo valoran, que así me he ofrecido
y de todo esto nada me ha servido.
No sé rentabilizar mis enfados
para ganar vuestros encadenados
corazones. ¡Oh, divino misterio,
que una fibra de él sea mi cementerio!
Qué buscan, si después son inasibles
para quintetos suaves y sensibles.
¿No buscaran solo por mal pensar,
compañía para poder remediar
el absurdo caos de la soledad?
No os ofrezco en vano mi Identidad.
Decidme voluptuosidad celeste,
descifren el misterio que conteste
a la inquietud de mis sospechas.
¡Oh! decidme eternas insatisfechas.
qué buscan vuestras súplicas desechas,
qué buscan, díganmelo por clemencia,
no puedo estirar más la inteligencia.
¿Buscan por ventura un molde adecuado
de tamaño viril y proporcionado?
¡Oh! Perecerá, no les hará gracia
cuando la mutación se muestre lacia.
No me miren así, no se me ofendan,
no me penalicen ni se desprendan
de la lectura (no me mires así,
es solo que aún no te conozco a ti).
Qué piden vuestras súplicas al cielo,
qué virtud satisfaría vuestro anhelo.
Por no descartar…¿el rango de un nombre?
¡Oh! No pidan mucho, solo soy un hombre.
Qué claman vuestros rezos concordantes,
qué Ser santificado os conmueve antes,
¿Las almas sinceras y detallistas?
No se impugnen, no se pasen de listas,
no las valoran, que así me he ofrecido
y soy pasto sustancial del olvido.
¡Oh! Maldito mito es el del amor,
sumaré otra derrota a mi dolor.
¡Por favor, qué suplica vuestro cántico!
¿busca tal vez el reflejo romántico?
No lo valoran, que así me he ofrecido
y de todo esto nada me ha servido.
No sé rentabilizar mis enfados
para ganar vuestros encadenados
corazones. ¡Oh, divino misterio,
que una fibra de él sea mi cementerio!
Qué buscan, si después son inasibles
para quintetos suaves y sensibles.
¿No buscaran solo por mal pensar,
compañía para poder remediar
el absurdo caos de la soledad?
No os ofrezco en vano mi Identidad.
Decidme voluptuosidad celeste,
descifren el misterio que conteste
a la inquietud de mis sospechas.
¡Oh! decidme eternas insatisfechas.
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domingo, 29 de enero de 2012
viernes, 9 de diciembre de 2011
CRÓNICA DE UN VUELO A DUBLÍN
Estimo que alrededor de dos horas
deben faltar para verte de nuevo.
Noto como poco a poco me elevo
por unas alas ensordecedoras.
La culminación del ligero ascenso
me descubre una belleza mundana
bañada por la luz de la mañana.
Cegado por su brillo escribo y pienso
Qué insignificante soy en la creación.
Enlazo carreteras asfaltadas
caminos y veredas ya olvidadas.
Garabatos de nuestra evolución.
Extiendo mi folio en el pobre soporte
del estrictamente incómodo asiento,
pero yo tampoco sé lo que siento…
Aun así vuelo enamorado al Norte
Sufriendo una romántica tristeza
al surcar un océano esponjoso
que se despliega ante mí, todo hermoso
¡Oh, quisiera arrojarme a su belleza!
Y romper su eterna serenidad
chapoteando en su espesura rocosa
de azucarada espuma ¡abstracta prosa
que el viento compone a su voluntad!
Se aprecia en las fortuitas claridades
como un bostezo de mar arrugado
finito en el horizonte curvado.
O se alza un puñado de ciudades
Que en la noche telarañas de lava
parecen. Y hablando de ellas, Dublín
se divisa a lo lejos. Ya por fin
podré liberar a mi alma que esclava
De la distancia apenas se sostiene.
La esperanza no fue sino un impulso
para seguir y dominar el pulso
que la nocturna realidad mantiene.
¡Oh, Sílfide por Empírea excelencia
que mi reverencia al amor efecto
ha causado y mi corazón erecto
se excita agonizante en la paciencia!
Ya solo faltan escasos minutos.
Peino con la mirada a los doscientos
pasajeros. Todos en sus asientos:
un anciano traga densos esputos,
Otro ronca detrás de mí con ganas;
a mi izquierda una durmiente belleza
amenaza con posar su cabeza
sobre mi hombro; y delante dos hermanas,
La mayor torpemente se desliza
en su asiento para ver con recelo
qué escribo. Así finaliza el vuelo.
El ave metalizado aterriza.
Este poema lo compuse hace pocos días en pleno vuelo a Dublín.(3-12-11) En él describo o intento describir la belleza que desde la Troposfera se aprecia de tal forma que se entrelaza con la crónica real del vuelo
deben faltar para verte de nuevo.
Noto como poco a poco me elevo
por unas alas ensordecedoras.
La culminación del ligero ascenso
me descubre una belleza mundana
bañada por la luz de la mañana.
Cegado por su brillo escribo y pienso
Qué insignificante soy en la creación.
Enlazo carreteras asfaltadas
caminos y veredas ya olvidadas.
Garabatos de nuestra evolución.
Extiendo mi folio en el pobre soporte
del estrictamente incómodo asiento,
pero yo tampoco sé lo que siento…
Aun así vuelo enamorado al Norte
Sufriendo una romántica tristeza
al surcar un océano esponjoso
que se despliega ante mí, todo hermoso
¡Oh, quisiera arrojarme a su belleza!
Y romper su eterna serenidad
chapoteando en su espesura rocosa
de azucarada espuma ¡abstracta prosa
que el viento compone a su voluntad!
Se aprecia en las fortuitas claridades
como un bostezo de mar arrugado
finito en el horizonte curvado.
O se alza un puñado de ciudades
Que en la noche telarañas de lava
parecen. Y hablando de ellas, Dublín
se divisa a lo lejos. Ya por fin
podré liberar a mi alma que esclava
De la distancia apenas se sostiene.
La esperanza no fue sino un impulso
para seguir y dominar el pulso
que la nocturna realidad mantiene.
¡Oh, Sílfide por Empírea excelencia
que mi reverencia al amor efecto
ha causado y mi corazón erecto
se excita agonizante en la paciencia!
Ya solo faltan escasos minutos.
Peino con la mirada a los doscientos
pasajeros. Todos en sus asientos:
un anciano traga densos esputos,
Otro ronca detrás de mí con ganas;
a mi izquierda una durmiente belleza
amenaza con posar su cabeza
sobre mi hombro; y delante dos hermanas,
La mayor torpemente se desliza
en su asiento para ver con recelo
qué escribo. Así finaliza el vuelo.
El ave metalizado aterriza.
Este poema lo compuse hace pocos días en pleno vuelo a Dublín.(3-12-11) En él describo o intento describir la belleza que desde la Troposfera se aprecia de tal forma que se entrelaza con la crónica real del vuelo
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viernes, 11 de noviembre de 2011
EL CHICO QUE NO MIRABA A LOS OJOS
El chico que no miraba a los ojos…
la razón de porque no los miraba
siempre será un misterioso secreto,
quizás lo hacía porque tenía temor
a que le pudiesen robar el alma
(que aunque era su más preciado tesoro
lo marchitaba con dosis de alcohol)
o por el rencor a la raza humana
de la que jodidamente era parte.
El chico que no miraba a los ojos
era lo que somos todos nosotros,
simplemente era un engranaje más
de la gran maquinaria universal
y pese a que estaba bien engrasado
no encajaba del todo bien en ella,
quizás porque no sabía su función
o quizás porque estaba mal construida.
El chico que no miraba a los ojos
llevaba la contraria a los demás
(lo hacía, pero siempre con argumentos)
quizás sólo por darse la razón,
o simplemente por necesidad
¿O era para conocerse mejor…?
El chico que no miraba a los ojos
se sentía muy cómodo en su tristeza,
empero angustiado en la soledad
porque allí somos realmente quien somos,
somos nosotros cuando estamos solos,
y eso le producía un poco de miedo
y hasta le resultaba peligroso,
de ahí que crease otra personalidad
para compensar su fragilidad.
El chico que no miraba a los ojos
tenía sus defectos y sus virtudes
y la mejor de sus pocas virtudes
era que siempre aceptó sus defectos
y el peor de sus conocidos defectos
era que no apreciaba sus virtudes,
así conseguía la sabiduría
y la sencillez respectivamente.
El chico que no miraba a los ojos
sabía que su incomprendida locura
sólo era la ignorancia de los cuerdos,
aquellos que tienen miedo al ridículo
y que aún en su cordura no comprenden
que el ridículo es una limitación
de nuestra muy preciada libertad,
por eso él siempre fue quien quiso ser
sin nunca tener miedo al qué dirán,
y nunca evitó la ridiculez
si esta conllevaba la libertad,
que siempre prefirió ser libre y loco
que ser cuerdo y esclavo de los demás.
Y después de esto ¿Quién está más loco?
El chico que no miraba a los ojos
se iba dando cuenta frente al espejo
de que con el transcurso de los días
se hacía irremediablemente más viejo
y de que valoraba sus poesías
¡Oh! Mucho más que su propio pellejo,
nunca se esforzaba en fortalecer
su cuerpo, pero sí y mucho su mente,
por eso la apreciaba mucho más.
El chico que no miraba a los ojos
tenía un pequeño lado femenino,
en realidad como todos los hombres,
y el de él siempre fue indiscutiblemente
la más oscura y precisa intuición
que lamentablemente confundía
con una absurda justificación
a su más errada impulsividad
con la que inútilmente pretendía
alterar el siempre eterno destino
y que tantas veces le encaminó
al más lamentado arrepentimiento
(luego se arrepentía de arrepentirse).
El chico que no miraba a los ojos
odiaba a la innecesaria mentira
tanto como temía a la cruel verdad,
o mismamente como temía al olvido,
aquel que fue tantas veces aliado
y en otras tantas veces enemigo.
El chico que no miraba a los ojos
siempre fue un incomprendido romántico,
( quizás sea porque el verdadero amor
se va ahogando en peligro de extinción,
¡Que se nos va el amor sin darnos cuenta!)
Un romántico oscuro de otras épocas
de esos de ramo de flores en mano,
de palabras infectadas de amor,
de versos muertos en el corazón,
de suspiros que regalaban su alma,
de dulces miradas, (sí de miradas)
que solamente miraba a los ojos
cuando este realmente se enamoraba.
Quizás aquí lo hacía en defensa propia
(¿Quién te puede dañar más que un amor?)
Para así descubrir y calibrar
lo que escondía el reverso de la piel
de quien en ese momento él amaba
¡Pues nuestra mirada enseña nuestra alma!
El amor que tanto necesitamos
se va ahogando en peligro de extinción,
el amor que como él ya aseguró
no es ciego pero produce ceguera,
sólo deja ver lo que ver queremos
y no vemos lo que ver nos da miedo.
El chico que no miraba a los ojos
se esforzaba en morir un poco más
¡Oh! cada día, cada hora, en cada verso…
y aunque el tiempo era su mejor aliado
él siempre le tuvo cierto temor
por asegurarle una muerte lenta.
Se esforzaba en morir un poco más
y de hecho conoció lo que es la muerte
(que nadie puede completar su vida
sin haber muerto al menos una vez)
y escuchó las psicofonías de su alma*
¿O quizás fueron las voces de Dios?
Eso jamás lo podremos saber,
siempre será un verso por descifrar,
(a pesar de que él sabía su secreto)
un verso que lo devolvió a la vida
y a su cuerpo, un osario hecho de piel
lleno de venas, de sangre y dolor
donde mantenía encarcelada el alma.
Se esforzaba en morir un poco más
y de hecho conoció lo que es la muerte,
la conoció, aunque fuese provocada
(muerte egoísta pero nunca cobarde)
por los influjos de una noche poética.
No faltó en ninguna de las esquinas
o calles, una lengua venenosa
que inventara una justificación,
decían que por asuntos personales,
otras decían que fue por un amor
y otras decían mil y una idiotez más,
ya que lo único que justificaba
a algo que fue tan injustificable
fue aquello que calló en su noche poética *
y no aquello que dijo entre sus versos,
que no fue por asuntos personales,
ni fue por el más bendecido amor,
tampoco lo fue por una mujer
sino por las latentes malas artes
de una mujer (arpía angelical)
a las que cualquier hombre está indefenso.
El chico que no miraba a los ojos
quizás este leyendo o escribiendo esto
y la razón de porque escribía (o escribo)
estos oscuros versos en pasado
es por que cuando lean ustedes esto
(como él aseguraba) podría estar
muerto, o lo que es aún peor, ser olvidado.
Esto podría ser una despedida
o una buena bienvenida al imperio
de aquellos que luchan por conocerse.
Ya se despide y muy afectuosamente
el chico que no miraba a los ojos.
*Se refiere un poema publicado en mi anterior libro que trata sobre el suicidio.
Tiene por nombre “psicofonías del alma”.
** Se refiere a su primer libro.
la razón de porque no los miraba
siempre será un misterioso secreto,
quizás lo hacía porque tenía temor
a que le pudiesen robar el alma
(que aunque era su más preciado tesoro
lo marchitaba con dosis de alcohol)
o por el rencor a la raza humana
de la que jodidamente era parte.
El chico que no miraba a los ojos
era lo que somos todos nosotros,
simplemente era un engranaje más
de la gran maquinaria universal
y pese a que estaba bien engrasado
no encajaba del todo bien en ella,
quizás porque no sabía su función
o quizás porque estaba mal construida.
El chico que no miraba a los ojos
llevaba la contraria a los demás
(lo hacía, pero siempre con argumentos)
quizás sólo por darse la razón,
o simplemente por necesidad
¿O era para conocerse mejor…?
El chico que no miraba a los ojos
se sentía muy cómodo en su tristeza,
empero angustiado en la soledad
porque allí somos realmente quien somos,
somos nosotros cuando estamos solos,
y eso le producía un poco de miedo
y hasta le resultaba peligroso,
de ahí que crease otra personalidad
para compensar su fragilidad.
El chico que no miraba a los ojos
tenía sus defectos y sus virtudes
y la mejor de sus pocas virtudes
era que siempre aceptó sus defectos
y el peor de sus conocidos defectos
era que no apreciaba sus virtudes,
así conseguía la sabiduría
y la sencillez respectivamente.
El chico que no miraba a los ojos
sabía que su incomprendida locura
sólo era la ignorancia de los cuerdos,
aquellos que tienen miedo al ridículo
y que aún en su cordura no comprenden
que el ridículo es una limitación
de nuestra muy preciada libertad,
por eso él siempre fue quien quiso ser
sin nunca tener miedo al qué dirán,
y nunca evitó la ridiculez
si esta conllevaba la libertad,
que siempre prefirió ser libre y loco
que ser cuerdo y esclavo de los demás.
Y después de esto ¿Quién está más loco?
El chico que no miraba a los ojos
se iba dando cuenta frente al espejo
de que con el transcurso de los días
se hacía irremediablemente más viejo
y de que valoraba sus poesías
¡Oh! Mucho más que su propio pellejo,
nunca se esforzaba en fortalecer
su cuerpo, pero sí y mucho su mente,
por eso la apreciaba mucho más.
El chico que no miraba a los ojos
tenía un pequeño lado femenino,
en realidad como todos los hombres,
y el de él siempre fue indiscutiblemente
la más oscura y precisa intuición
que lamentablemente confundía
con una absurda justificación
a su más errada impulsividad
con la que inútilmente pretendía
alterar el siempre eterno destino
y que tantas veces le encaminó
al más lamentado arrepentimiento
(luego se arrepentía de arrepentirse).
El chico que no miraba a los ojos
odiaba a la innecesaria mentira
tanto como temía a la cruel verdad,
o mismamente como temía al olvido,
aquel que fue tantas veces aliado
y en otras tantas veces enemigo.
El chico que no miraba a los ojos
siempre fue un incomprendido romántico,
( quizás sea porque el verdadero amor
se va ahogando en peligro de extinción,
¡Que se nos va el amor sin darnos cuenta!)
Un romántico oscuro de otras épocas
de esos de ramo de flores en mano,
de palabras infectadas de amor,
de versos muertos en el corazón,
de suspiros que regalaban su alma,
de dulces miradas, (sí de miradas)
que solamente miraba a los ojos
cuando este realmente se enamoraba.
Quizás aquí lo hacía en defensa propia
(¿Quién te puede dañar más que un amor?)
Para así descubrir y calibrar
lo que escondía el reverso de la piel
de quien en ese momento él amaba
¡Pues nuestra mirada enseña nuestra alma!
El amor que tanto necesitamos
se va ahogando en peligro de extinción,
el amor que como él ya aseguró
no es ciego pero produce ceguera,
sólo deja ver lo que ver queremos
y no vemos lo que ver nos da miedo.
El chico que no miraba a los ojos
se esforzaba en morir un poco más
¡Oh! cada día, cada hora, en cada verso…
y aunque el tiempo era su mejor aliado
él siempre le tuvo cierto temor
por asegurarle una muerte lenta.
Se esforzaba en morir un poco más
y de hecho conoció lo que es la muerte
(que nadie puede completar su vida
sin haber muerto al menos una vez)
y escuchó las psicofonías de su alma*
¿O quizás fueron las voces de Dios?
Eso jamás lo podremos saber,
siempre será un verso por descifrar,
(a pesar de que él sabía su secreto)
un verso que lo devolvió a la vida
y a su cuerpo, un osario hecho de piel
lleno de venas, de sangre y dolor
donde mantenía encarcelada el alma.
Se esforzaba en morir un poco más
y de hecho conoció lo que es la muerte,
la conoció, aunque fuese provocada
(muerte egoísta pero nunca cobarde)
por los influjos de una noche poética.
No faltó en ninguna de las esquinas
o calles, una lengua venenosa
que inventara una justificación,
decían que por asuntos personales,
otras decían que fue por un amor
y otras decían mil y una idiotez más,
ya que lo único que justificaba
a algo que fue tan injustificable
fue aquello que calló en su noche poética *
y no aquello que dijo entre sus versos,
que no fue por asuntos personales,
ni fue por el más bendecido amor,
tampoco lo fue por una mujer
sino por las latentes malas artes
de una mujer (arpía angelical)
a las que cualquier hombre está indefenso.
El chico que no miraba a los ojos
quizás este leyendo o escribiendo esto
y la razón de porque escribía (o escribo)
estos oscuros versos en pasado
es por que cuando lean ustedes esto
(como él aseguraba) podría estar
muerto, o lo que es aún peor, ser olvidado.
Esto podría ser una despedida
o una buena bienvenida al imperio
de aquellos que luchan por conocerse.
Ya se despide y muy afectuosamente
el chico que no miraba a los ojos.
*Se refiere un poema publicado en mi anterior libro que trata sobre el suicidio.
Tiene por nombre “psicofonías del alma”.
** Se refiere a su primer libro.
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domingo, 17 de julio de 2011
SORTILEGIO DEL PECADO
I
Te conocí varada en un bar
bebiendo sólo por no llorar
(¡ como si el efecto de un licor
aliviara a tu alma del dolor!)
Brindando por nuestros desamores
con copas de muy buenos licores
( sufríamos sí, pero con orgullo,
no nos haría callar un murmullo).
Nos contábamos nuestros pasados
parecíamos estar destinados,
y en la barra de aquel bar postrados
diciendo versos improvisados
te robé un beso sin darte cuenta,
aquellos besos de cenicienta…
II
Tomando la penúltima copa
a ti ya te iba sobrando ropa.
Decidimos irnos de aquel bar
pues ya estaba a punto de cerrar
y entre besos fuimos al hotel,
no di tregua a tus labios de miel.
Las farolas guiaban el camino
y alumbraban tu andar femenino,
aquel hechizo de tu cintura
que hechizaba a mi poca cordura
con el redoble de tus tacones
al ritmo de nuestros corazones.
III
Llegamos al hotel entre besos
y excitados hasta nuestros huesos,
abriste la puerta con cuidado
yo ya estaba medio desnudado.
Me elevaste a tu reino, el colchón,
en donde derrochabas pasión
con elegancia de fina dama,
eras mi dueña en aquella cama
y yo solamente un peregrino
errante por tu cuerpo divino,
sortilegio del carnal pecado,
lujuria, sexo desenfrenado…
o eso daba a entender tu mirada
tan felinamente maquillada
y tan provocadora y excitada,
que era digna de estar censurada.
IV
Perdido en las dunas de tu pecho
nos fundimos juntos en el lecho
entre mis besos y tus gemidos.
Llegando por tu cinco sentidos
al punto de fuga de tus piernas
que conquisté con caricias tiernas,
me sometí a tu danza perfecta
y tú anclaste en mi pasión erecta.
V
Eras un manantial de placer,
un licor de Venus que beber
para remediar mi soledad
tan invocada en la oscuridad
y así escapar de la identidad
que me atormentaba sin piedad.
VI
El fin de este mundo era tu piel
que llevaba por nombre Anabel,
tus labios la puerta del paraíso,
y si el Señor me da su permiso
diré que tu mirada marrón
era mi Dios y mi religión,
o simplemente eras mi adicción
en aquella angosta habitación.
VII
Ya con nuestros cuerpos consumidos
permanecimos allí dormidos,
ya con la pasión desvanecida
se marchitaba la noche herida
por el sol que lucía en la ventana
pues ya había llegado la mañana,
y con ella llegaron las dudas
¿Qué decían esas palabras mudas?
¿Qué decía el silencio al despertar?
¿Quién éramos en aquel lugar?
No sabíamos nuestra identidad,
ni si quiera éramos de esa ciudad.
VIII
No era nuestro destino seguir
con aquello…para que mentir…
espero no arrepentirme de ello
ya que pudo surgir algo bello,
pero no estábamos preparados
pues nuestros corazones quebrados
aún no habían conseguido olvidar,
y yo veo imposible eso de amar
si tu corazón no ha olvidado
aquel amor que ya esta pasado.
IX
Y tras esta verdad confesada
fui buscando mi ropa tirada
por el suelo de la habitación.
Me vestí con mucha precaución
porque yo no quería despertarte
aunque creo que ya lo hice el besarte
con ese beso…ese último beso…
ni las sábanas se acuerdan de eso.
El sol era cómplice de mi huida
mientras que tú te hacías la dormida,
yo ya sabía que estabas despierta
cuando salí por aquella puerta,
pero tampoco te despediste
fue esa la última vez que me viste.
X
Me fui para seguir con mi vida
me marché a mi tierra, Fuensalida.
Allí esperaban pluma y papel
donde inmortalizarte Anabel,
y escribir la historia del hotel
recordando tus besos de miel.
Si es verdad que nos unió el destino
nos volverá a unir en el camino.
Te conocí varada en un bar
bebiendo sólo por no llorar
(¡ como si el efecto de un licor
aliviara a tu alma del dolor!)
Brindando por nuestros desamores
con copas de muy buenos licores
( sufríamos sí, pero con orgullo,
no nos haría callar un murmullo).
Nos contábamos nuestros pasados
parecíamos estar destinados,
y en la barra de aquel bar postrados
diciendo versos improvisados
te robé un beso sin darte cuenta,
aquellos besos de cenicienta…
II
Tomando la penúltima copa
a ti ya te iba sobrando ropa.
Decidimos irnos de aquel bar
pues ya estaba a punto de cerrar
y entre besos fuimos al hotel,
no di tregua a tus labios de miel.
Las farolas guiaban el camino
y alumbraban tu andar femenino,
aquel hechizo de tu cintura
que hechizaba a mi poca cordura
con el redoble de tus tacones
al ritmo de nuestros corazones.
III
Llegamos al hotel entre besos
y excitados hasta nuestros huesos,
abriste la puerta con cuidado
yo ya estaba medio desnudado.
Me elevaste a tu reino, el colchón,
en donde derrochabas pasión
con elegancia de fina dama,
eras mi dueña en aquella cama
y yo solamente un peregrino
errante por tu cuerpo divino,
sortilegio del carnal pecado,
lujuria, sexo desenfrenado…
o eso daba a entender tu mirada
tan felinamente maquillada
y tan provocadora y excitada,
que era digna de estar censurada.
IV
Perdido en las dunas de tu pecho
nos fundimos juntos en el lecho
entre mis besos y tus gemidos.
Llegando por tu cinco sentidos
al punto de fuga de tus piernas
que conquisté con caricias tiernas,
me sometí a tu danza perfecta
y tú anclaste en mi pasión erecta.
V
Eras un manantial de placer,
un licor de Venus que beber
para remediar mi soledad
tan invocada en la oscuridad
y así escapar de la identidad
que me atormentaba sin piedad.
VI
El fin de este mundo era tu piel
que llevaba por nombre Anabel,
tus labios la puerta del paraíso,
y si el Señor me da su permiso
diré que tu mirada marrón
era mi Dios y mi religión,
o simplemente eras mi adicción
en aquella angosta habitación.
VII
Ya con nuestros cuerpos consumidos
permanecimos allí dormidos,
ya con la pasión desvanecida
se marchitaba la noche herida
por el sol que lucía en la ventana
pues ya había llegado la mañana,
y con ella llegaron las dudas
¿Qué decían esas palabras mudas?
¿Qué decía el silencio al despertar?
¿Quién éramos en aquel lugar?
No sabíamos nuestra identidad,
ni si quiera éramos de esa ciudad.
VIII
No era nuestro destino seguir
con aquello…para que mentir…
espero no arrepentirme de ello
ya que pudo surgir algo bello,
pero no estábamos preparados
pues nuestros corazones quebrados
aún no habían conseguido olvidar,
y yo veo imposible eso de amar
si tu corazón no ha olvidado
aquel amor que ya esta pasado.
IX
Y tras esta verdad confesada
fui buscando mi ropa tirada
por el suelo de la habitación.
Me vestí con mucha precaución
porque yo no quería despertarte
aunque creo que ya lo hice el besarte
con ese beso…ese último beso…
ni las sábanas se acuerdan de eso.
El sol era cómplice de mi huida
mientras que tú te hacías la dormida,
yo ya sabía que estabas despierta
cuando salí por aquella puerta,
pero tampoco te despediste
fue esa la última vez que me viste.
X
Me fui para seguir con mi vida
me marché a mi tierra, Fuensalida.
Allí esperaban pluma y papel
donde inmortalizarte Anabel,
y escribir la historia del hotel
recordando tus besos de miel.
Si es verdad que nos unió el destino
nos volverá a unir en el camino.
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